La Voz de César Vidal

La Psicoteca: El precio de las redes sociales - 19/11/25

César Vidal, Miguel Ángel Alcarria

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Con César Vidal y Miguel Ángel Alcarria.

https://www.cesarvidal.tv/la-psicoteca/videos/el-precio-de-las-redes-sociales-19-11-25

En esta entrega de La Psicoteca, César Vidal y el psicólogo Miguel Ángel Alcarria analizan el precio psicológico de las redes sociales: la exposición constante, la comparación continua, la cultura del hater y la cancelación como nueva forma de exclusión social. A partir de datos recientes, abordan cómo el uso intensivo de redes incrementa de forma dramática el riesgo de ansiedad, depresión, autolesiones e ideación suicida, especialmente entre adolescentes y jóvenes.

El programa explica los mecanismos psicológicos que hay detrás de los likes, la necesidad de aceptación, el miedo al rechazo, la rumiación, la viralidad y la indefensión aprendida digital. Además, Alcarria reflexiona sobre la autocensura, la pérdida de autenticidad y la deshumanización que genera el juicio permanente de la masa.

Finalmente, se ofrecen claves prácticas para proteger la salud mental: reducir el tiempo de uso, fortalecer las relaciones cara a cara, educar en empatía y respeto, enseñar a gestionar la crítica y la frustración, y priorizar la autenticidad frente a la presión social de aparentar una vida perfecta en redes.

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La psicoteca con Miguel Ángel Alcarria. Estamos de regreso y ya saben ustedes que en este programa doble sesión continua que tenemos en el programa La Voz: primero pasamos por la vida sana, por la existencia saludable, por la vida naturista. Hemos estado con Elena Kalinnícova, que nos ha estado hablando de ello, y luego siempre damos un salto cualitativo y nos vamos a la salud mental, a la salud de la psique, y ahí quien siempre nos echa una mano de manera diligente es don Miguel Ángel Alcarria, que ya está con nosotros. Muy buenas noches, don Miguel Ángel. ¿Qué nos trae usted hoy?

Redes Como Escaparate Y Comparación

Cancelación, Juicio Público Y Ansiedad

Adicción, Dopamina Y Soledad Conectada

Hostilidad De Grupo Y Pérdida De Empatía

Exposición, Etiquetas Y Cultura Hater

Viralidad E Indefensión Aprendida Digital

Vulnerabilidad Juvenil Y Datos De Riesgo

Higiene Digital: Reducir Uso Y Respetar

Educación Digital, Privacidad Y Empatía

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Muy buenas noches, don César. Muy buenas noches también a la audiencia de la voz. Las redes sociales forman parte ineludible de nuestras vidas, y es que por lo general la gente ya no nos llama para saber cómo nos va, sino que usa las redes sociales para lo que a día de hoy se conoce como stalkear, que no es más que usarlas para enterarse de cómo va tu vida, qué haces, cuáles son tus novedades personales. Por un lado, usamos las redes sociales para cotillear lo que les pasa a los demás y por otro lado nos exponemos constantemente. Donde comemos, con quién estamos, a dónde viajamos, qué pensamos o incluso qué sentimos. Todo está ahí, disponible, visible y sujeto al escrutinio y al juicio de la audiencia. Las redes se han convertido en una especie de escaparate donde la vida se muestra y se mide en likes, corazones, seguidores, pero ¿cuál es el precio psicológico de esa exposición constante? Porque las redes sociales que se diga que nos conectan, pues es una verdad a medias. También nos ponen bajo la lupa de todos los demás. Cada publicación se convierte en una especie de examen público donde cientos de ojos, algunos amigos, otros desconocidos, opinan, juzgan o comparan. Y no siempre desde la empatía o la mejor de las actitudes, sino todo lo contrario. Esto hacen los demás con nosotros, pero también lo mismo hacemos nosotros con todos los demás. Nos pasamos horas deslizando con el dedo, haciendo scrolling, que se llama ahora también, deslizando con el dedo historias de otros, midiendo sin darnos cuenta nuestra vida con la de los demás. Mira qué cuerpo tiene, mira qué viaje, mira qué pareja, mira dónde ha ido, mira con quién anda, mira qué opinas sobre esto o aquello, y en ese juego de comparaciones se va colando la insatisfacción. Insatisfacción en unos casos, por cómo está el mundo, ¿no? Como dirían algunos, por cómo está la peña, ¿no? A veces de grillada, o insatisfacción en otros, porque nos invade la sensación de que nuestra vida debería ser más como la que vemos en la pantalla, que muchas veces no es más que una pose que intenta ser atractiva y caer bien a todo el mundo, para sentir que nuestra vida tiene valor a través de la valoración positiva del resto. Y como decimos, las redes sociales nacieron para comunicarnos, pero en realidad se han convertido en un tribunal. Si opinas diferente, corres el riesgo de ser juzgado, señalado, de perder amistades, seguidores o incluso cancelado. Y la realidad es que no se puede gustar a todo el mundo. ¿Quién no ha pensado alguna vez no voy a colgar esto o no voy a comentar esto porque me van a linchar? Esa es una realidad. Se ha perdido el respeto a que otros piensen distinto de nosotros, de forma que hoy llamamos cancelación a una nueva forma de exclusión social y llamamos libertad a una nueva forma de opresión. Atrás quedó el diálogo, el debate, la empatía, que han sido sustituidos por el linchamiento digital. Y todo tiene un precio. Incluso hay personas que han podido perder su lugar de empleo por colgar una opinión. Así que no solo está en juego la visibilidad, la reputación o la amistad, sino también el trabajo e incluso nuestra propia salud mental. Ansiedad, miedo a opinar, hipervigilancia, dependencia de la aprobación externa, el fenómeno hater, la presión por mantener una buena imagen, la autocensura, son solo algunos de los síntomas de esta nueva realidad emocional en la que vivimos. Una nueva realidad que ha propiciado un incremento cercano al 40% en el riesgo de presentar ideación suicida, autolesiones y depresión severa. Decimos cercano al 40%, sin embargo, hay estudios que muestran valores que pueden alcanzar hasta el 60%. Hoy sabemos que una adolescente que utiliza las redes sociales por más de 3 horas al día duplica el riesgo de presentar ideación suicida, y si las usas más de 5 horas al día, ese riesgo puede multiplicarse por casi 4%. ¿Por qué ocurre esto? Porque los adolescentes están expuestos a factores especialmente dañinos como la comparación social continua, que deteriora la autoimagen y aumenta el malestar psicológico, el ciberacoso, uno de los predictores más fuertes de ideación e intento de suicidio, o la exposición a contenido peligroso, incluyendo material que muestra o incluso normaliza la autolesión. Además, desde 2011 se ha observado un aumento del 31% en diagnósticos de ansiedad y depresión entre jóvenes de entre 15 y 24 años, un aumento que coincide con la elevación en el uso y la autoexposición en redes sociales. Y es que detrás de cada pantalla hay personas que sienten, y ya no hablamos de la comparación continua con otras personas, que puede ser muy dañina, ni siquiera de la exposición a contenido peligroso o del ciberacoso extremo, sino del juicio o la burla pública que son omnipresentes, se han vuelto masivos, y las consecuencias de este clima de escrutinio y hostilidad constantes son tanto o más devastadores que los factores que acabamos de mencionar. Y ahí los datos corroboran todo esto. Esta noche en la psicoteca, por tanto, ponemos en la mira el precio de las redes sociales, cómo nos afecta la exposición, la cancelación, la discriminación y la presión social, cómo la libertad de expresión se ha transformado en una libertad condicionada y qué podemos hacer para recuperar la autenticidad sin miedo al juicio. Así que vamos allá, hablemos de datos. 5 millones, 5.000 millones, perdón, 5.000 millones y medio de personas ya tienen alguna red social, lo que significa que más del 65% de la población mundial está conectada desde este 2025. Nadie quiere quedar fuera de este fenómeno. Todos quieren vivir, trabajar o relacionarse de forma cotidiana con plataformas digitales. Y el tiempo que estamos conectados cada vez es mayor, no ha dejado de crecer. Ya rondamos las tres horas de media conectados a redes sociales al día. Es lo que dedica cualquier persona a lo largo y ancho de nuestro mundo, en promedio, en redes sociales. And algunos países de Hispanoamérica, sobre todo ese promedio, se dispara, se dispara entre una hora y media, dos horas más al día. Por tanto, tiempo que podríamos invertir en descansar, en convivir, en leer, pero que terminan diluyéndose entre vídeos cortos, real, shorts, historias, debates efímeros y publicaciones que olvidaremos al cabo de unos minutos o al cabo de unos días. Todos los booms de debate, pues al final es eso. Vienen a ser sustituidos por otro boom y así nos pasamos, gastamos nuestro tiempo. Y recuerden que las redes sociales no solo ocupan nuestro tiempo, sino que moldean nuestra atención. Esto ya lo comentamos en alguna ocasión, pero no solo nuestra atención, sino también nuestra forma de pensar y hasta nuestra propia identidad. Y la pregunta ya no es qué hacemos en las redes sociales, sino qué hacen las redes sociales con nosotros. Esa sería la pregunta correcta, porque cuanto más tiempo dedicamos, más difícil se vuelve desconectarnos emocionalmente. Porque son adictivas en términos emocionales. Cada notificación activa un pequeño disparo de dopamina, cada reacción positiva produce una recompensa y cada silencio o crítica nos duele más de lo que admitimos. Ser excluido o ignorado online reduce la autoestima y el sentido de pertenencia en menos de tres minutos. Así que ese es el gran poder de las redes sociales, es un poder inmediato. No es casualidad que las plataformas estén diseñadas precisamente para eso, para mantenernos mirando, comentando, mirando las reacciones de los demás a nuestras publicaciones y mirando lo que otros publican para reaccionar al contenido de otros. Los algoritmos aprenden lo que nos gusta, lo que nos enfada, lo que nos emociona y nos lo devuelven una y otra vez como un espejo que exagera nuestras pasiones y nuestros odios más profundos. Y cuanto más miramos ese espejo, más nos cuesta distinguir la imagen real de la versión en forma de hipérbole algorítmica de nosotros mismos. El resultado de todo esto es una paradoja. Vivimos más conectados que nunca, pero nos sentimos más solos que nunca y más agredidos por los demás. Buscamos estar informados, pero vivimos en burbujas de información en las que solo se confirma nuestra percepción de la realidad. Buscamos aprobación y pertenencia, pero tememos la exposición y las relaciones reales. Queremos expresarnos, pero tememos ser juzgados, y sin darnos cuenta, terminamos viviendo bajo una presión constante. La de mantener una buena imagen, la de decir lo políticamente correcto dentro de nuestra burbuja, la de no molestar a nadie para sentir que todavía estamos conectados a alguien, aunque solo estemos conectados con la nube, y aunque todo esto suponga renunciar a la autenticidad, a la honestidad, a la transparencia y a la verdadera conexión. A algunos puede que les conecten los mismos gustos o las mismas opiniones de los demás, ¿no? Sin embargo, pues a otros solo les conecta la hostilidad y la deshumanización. Y no lo digo yo, una vez más, lo dicen las cifras. Los estudios muestran que la gente responde con más crueldad cuando se sienten que forman parte de un grupo. Por tanto, conectan a través de la hostilidad, lo que aumenta la probabilidad de emitir comentarios hostiles en un 40%, reduciendo la empatía por las otras personas en hasta un 60%. Y no hay nada más humano que la empatía. Por tanto, las redes sociales deshumanizan, es un hecho. Y aprovecho desde aquí para reivindicar el salir a tomar un café con tus personas allegadas. Apaguemos las redes. Mantengámonos en relaciones reales, que son las que nos hacen más humanos, más empáticos, que no nos moleste convivir. La convivencia es salud, es empatía, es aprendizaje y es desarrollo personal. Porque ninguna reacción virtual puede sustituir el calor de la cercanía humana ni el poder de una conversación cara a cara. Y ahí está precisamente el dilema que abordamos esta noche: cómo mantener la salud mental en un entorno que premia la apariencia, castiga la autenticidad y olvida la empatía. Cómo ser nosotros mismos cuando todo parece exigirnos una versión filtrada, perfecta y políticamente aceptable, pero solitaria, al fin y al cabo. Porque si algo está claro es que el coste psicológico de esta hiperconexión no se mide en gigas, no se miden likes, sino en ansiedad, en miedo, en aislamiento y en agotamiento emocional. Y lo más preocupante es el silencio de muchos que dejan de hablar por temor a ser cancelados. Así que ya ni siquiera pueden vivir conectados virtualmente, se quedan encerrados en su propia soledad. Así que vamos a mirar de frente el fenómeno y vamos a hablar de la exposición, de la cancelación, de la cultura hater y de cómo la presión social ha ido moldeando la forma en que pensamos, sentimos y nos mostramos, porque entender este fenómeno no es solo una cuestión de actualidad, es una cuestión de salud mental. Decíamos que las redes sociales han cambiado la forma en la que nos relacionamos, o mejor dicho, ya no nos relacionamos, o al menos no de una forma auténtica y mucho menos empática. Y es así: ya no hablamos tanto como observamos o juzgamos, ni convivimos tanto como mostramos o criticamos. Hemos sustituido la conversación por la exposición y la crítica, y el encuentro personal por una reacción inmediata y reduccionista del mensaje que ha dado el otro. Pero detrás de este intercambio constante de imágenes y opiniones hay un fenómeno psicológico mucho más profundo y complejo, fruto de la exposición que mencionábamos. La exposición es en realidad, es en realidad un acto de entrega sin retorno. Entendamos bien esto. Lo que compartimos ya no está limitado por el espacio privado o el contexto personal. Con solo un clic, nuestra vida se convierte en material para la interpretación y el juicio público. Y lo que un día fue un momento privado puede ser juzgado, analizado o incluso distorsionado por miles de personas. Ahora y en el futuro, por lo que algunos denominan la maldita hemeroteca. La imagen de nuestra vida que nosotros mismos seleccionamos con cuidado se convierte en un producto que ya no nos pertenece del todo. Le pertenece a la audiencia. Sí, esa audiencia que devora y, en ocasiones, tritura. En el momento en el que decidimos compartir, cedemos nuestra privacidad, permitiendo que cualquiera pueda introducirse en ella. Y nuestra identidad, entonces, se redefine en función de las percepciones ajenas, de las opiniones que nos dan, perdiendo toda esencia original. Y lo más preocupante es que esa imagen estará siempre expuesta para que en caso de que no haya sido juzgada en el momento actual, pueda ser juzgada más adelante, siempre abierta al escrutinio social, que a veces es implacable, no hay olvido. Y es que el juicio público que conlleva esta exposición no se limita a una simple crítica superficial, se transforma rápidamente en algo mucho más penetrante, la valoración de quiénes somos. Se nos etiqueta y se usan estas etiquetas con mucha ligereza. Facha, progre, radical, fanático, intelectualoide, homófobo. Por tanto, la valoración de quiénes somos, de lo que representamos y de si estamos a la altura de unos supuestos estándares sociales que en función del momento y de los intereses ideológicos de la masa pueden cambiar. Y no caigamos en las redes del fenómeno hater, porque este fenómeno convierte las redes sociales en un suicidio social, en un ciberbullying en toda regla, un acoso y derribo sistemático, si alguien o unos cuantos, por lo que sea, deciden tenerte entre ceja y ceja. Las redes sociales pueden llegar a ser muy crueles si alguien con muchos seguidores viscerales decide convertirse en su objetivo. Este tipo de ataques puede despojar a la persona de su humanidad, reduciéndola a un objeto de escarnio público, donde cualquier error, opinión, pues no del todo, a lo mejor, bien explicada, o simple desacuerdo, se amplifica hasta el punto de destrozar su reputación. La violencia que se llega a esconder tras una pantalla es muy real. Y el reto radica en que al mismo tiempo que nos ofrecemos a este juicio colectivo, buscamos mantener un control sobre nuestra identidad, ser auténticos, pero es misión imposible. Queremos ser quienes elegimos ser, pero en un mundo digitalizado, esa identidad se diluye en un mar de comparaciones, juicios ajenos y expectativas irrealistas. Y la realidad es que nos vemos empujados a vivir bajo una constante vigilancia, no solo externa, sino también interna. Nosotros mismos empezamos a autocensorarnos, a medir nuestras palabras y nuestros gestos, a crear una versión editada de nosotros mismos, cada vez más lejana de la autenticidad, por miedo a ser juzgados, malinterpretados o incluso cancelados. Cuidamos mucho nuestras palabras o incluso en ciertos momentos nos pensamos muy mucho si publicar algo o no, sabiendo que no dejará de haber jamás alguien que nos pueda malinterpretar o juzgar de una forma poco empática. Y tanto es así que ya hay investigaciones sobre este tema. La autocensura es una realidad y se debe a la preocupación por la privacidad. Uno es dueño de lo que calla, esclavo de lo que dice. Preferimos ser dueños que esclavos, sometidos a escrutinio. A la percepción, la autocensura es una realidad que se debe también a la percepción de vulnerabilidad. Y cuanto más públicos somos, más vulnerables nos sentimos y más nos autocensuramos. Y también es debido al miedo a la reacción social. La reacción de esta audiencia masificada y antipática o poco empática puede producir bastante pánico o ansiedad a algunas personas. Y claro, paradójicamente, las redes que nacieron para dar voz han terminado, como vemos, generando silencio por miedo, por cautela o por simple resignación. Pero aquí nos surge una pregunta: ¿qué precio tiene todo esto? ¿Qué precio hemos pagado como sociedad con las redes sociales? No solo hemos perdido la autenticidad al 100%, sino mucho más, hemos perdido la profundidad de las relaciones. Ya no hablamos en profundidad, no convivimos, solo reaccionamos a publicaciones digitales. Hemos sometido a presión las relaciones, muchas veces hasta la ruptura por la falta de tolerancia al que opina diferente, y hemos generado situaciones en ocasiones de fuerte estrés por el ciberbullying, por el acoso y derribo constante de unos hacia otros. Porque esa es la realidad. La gente en redes sociales coge ojeriza a otros de una forma inexplicable, sin sentido, demasiado visceral, como si nos fuera la vida en ello. Y además, debemos saber que la exposición constante no solo altera nuestra relación con los demás, sino también con nosotros mismos. Nos volvemos esclavos de la imagen que proyectamos y de la imagen que nos exigen los demás y a su vez les exigimos también a ellos, poniendo en juego nuestra salud mental. De hecho, cada vez hay más consultas, sobre todo entre la juventud, de ansiedad o depresión causada por redes sociales o en las que las redes sociales juegan un papel importante. Más del 60% de los adolescentes reportan que el uso de redes sociales les genera ansiedad, miedo a la exclusión social o al rechazo online y en ocasiones depresión y soledad, síntomas que pueden agravarse en caso de cancelación. La famosa cancelación que va desde el shadow banning hasta que te cancelen la cuenta, ya que el resultado de que les cancelen la cuenta genera, según las investigaciones, síntomas equiparables a los de un trauma emocional. La persona se siente rechazada y estigmatizada por la sociedad, lo que puede provocar una profunda sensación de aislamiento e injusticia, no solo por la pérdida de redes de apoyo virtuales, sino por la imposibilidad de defenderse de un entorno que ha dictado sentencias sin derecho a réplica. Y yo creo que eso es lo más importante de lo que está ocurriendo. Y como digo siempre, las cifras y los datos están ahí y necesitamos reconocer los efectos que las redes sociales tienen sobre nosotros para poner en marcha estrategias que protejan nuestra identidad, nuestra autoestima, nuestras relaciones y nuestra propia salud mental. Profundicemos en los mecanismos psicológicos que explican por qué las redes sociales tienen tanto impacto en nuestra salud mental. Para comprender cómo nos afectan, es esencial ver cómo operan estos procesos en nuestra psique. En primer lugar, tenemos la necesidad de aceptación y el miedo al rechazo. Como seres humanos, tenemos una necesidad inherente de pertenecer, de ser parte de algo más grande que nosotros mismos, y esa es una de las bases de nuestra interacción social. Y las redes sociales se han convertido en un indicador que valida nuestra existencia en el mundo digital a través de likes, visualizaciones. Pero lo que comienza como una búsqueda de validación se convierte en un juego emocional arriesgado, porque la amenaza del rechazo puede desencadenar una respuesta emocional muy intensa, lo que activa algo llamado hipervigilancia social, una constante alerta sobre cómo nos perciben los demás a la espera de una reacción negativa. Y cuando no recibimos una cantidad mínima de ese intangible llamado me gusta o comentarios suficientes, aflora inmediatamente un sentimiento de rechazo que convierte la retroalimentación positiva en una necesidad todavía aún más apremiante, lo que termina en que la persona publique solo para recibir una validación positiva y lo haga en términos, en los términos en los que la audiencia le exige, convirtiéndose en esclavo de esa misma audiencia. Y en medio de este proceso que acabamos de explicar, de este binomio aceptación-rechazo, tenemos la famosa rumiación, que no es más que el pensamiento en bucle. Repetimos en nuestra mente el comentario negativo que hemos recibido una y otra vez en nuestra cabeza o las palabras que hemos usado para defendernos por si podríamos haber dicho eso de alguna otra forma. Muchos se quedan atrapados en ese ciclo de pensamientos negativos, haciendo crecer la ansiedad sin descanso. Y es cierto que en parte es normal darle vueltas a las críticas que recibimos, pero cuando la exposición es constante, como ocurre en las redes sociales, la rumiación se vuelve un compañero de viaje habitual. Los pensamientos intrusivos se multiplican y en perfiles de carácter ansioso, los niveles de ansiedad se ponen por las nubes. Nos preocupamos más por lo que otros piensan que por lo que nosotros mismos necesitamos. Y si todo terminara ahí, en un simple comentario negativo, estaría todo bien. Sin embargo, existe algo que se llama viralidad y que lo único que hace es multiplicar esa sensación de indefensión en esa persona que se siente atacada. Lo que antes estaba limitado a un círculo cerrado de amigos o conocidos ahora puede viralizarse con bastante facilidad. Una simple publicación o comentario puede ser compartido y replicado hasta llegar a millones de personas en cuestión de horas. Esta posibilidad de que algo que compartimos se disemine rápidamente genera una sensación de pérdida de control. No sabemos hasta dónde llegará ni quién lo verá, y esta incertidumbre puede provocar todavía más angustia, porque lo que inicialmente fue algo más bien personal o incluso inofensivo puede ser interpretado y juzgado por un público mucho más grande y más diverso. Además, la viralidad puede desencadenar un fenómeno psicológico conocido como indefensión aprendida digital. En estos casos, la persona siente que no tiene los recursos para gestionar la situación, ya sea por la magnitud del juicio público o por el anonimato de los atacantes. La sensación de no poder hacer nada para detener el flujo de críticas o para reparar el daño causado, provoca una profunda sensación de impotencia. Y es que en la vida cotidiana las interacciones presenciales siempre están matizadas por el tono de voz, por el contexto, incluso por la historia que compartimos con nuestro interlocutor. Y además hay espacio para la corrección y la aclaración. Sin embargo, en las redes sociales, con esa cultura de la inmediatez, se han borrado esos matices. Los mensajes son instantáneos y, sin solicitar aclaración alguna, las reacciones se producen al instante y las discusiones se reducen a titulares que quieren resumir, dejando de lado cualquier matiz, no solo lo que hemos dicho, sino quiénes somos. Lo cual, pues me parece una barbaridad. Esto acelera el juicio público y lo que es más grave, hace casi imposible cualquier proceso de reparación. Si cometiste un error, si opinaste de forma diferente o incluso si tus palabras han sido malinterpretadas, la oportunidad para explicarte, para disculparte es nula. La cultura de la inmediatez favorece los castigos rápidos y, como consecuencia, aquellos que se sienten atacados o cancelados por su opinión quedan a merced de un sistema que los devora y no les ofrece la posibilidad de restablecer el equilibrio. ¿Qué coste tiene todo esto para nuestra salud mental? Se lo podrán imaginar ustedes. Cada vez hay más psicopatología asociada al mundo digital. Revisión tras revisión, estudios académicos y clínicos confirman que las personas que experimentan exposición negativa en redes sociales presentan síntomas de ansiedad, depresión, estrés, baja autoestima y alteraciones en el sueño en el mejor de los casos, porque en el peor de los casos hablaríamos de peligro de autolesiones, de ideación suicida. De hecho, la exposición continua en redes sociales multiplica por cuatro el riesgo de padecer cualquiera de estas patologías como ansiedad o depresión. Por tanto, el riesgo es máximo. ¿Y quiénes son los más vulnerables en todo esto? Como ya pueden imaginar ustedes, los jóvenes y los adolescentes, quienes no solo están construyendo su identidad, están en proceso de desarrollo, sino que también son más susceptibles a la influencia de la opinión externa. Los adultos ya cuentan con una mejor regulación emocional. Habitualmente, que no siempre, y también cuentan con una mayor experiencia para gestionar este tipo de situaciones. Sin embargo, los adolescentes están viviendo cómo su identidad y su vida emocional se ven moldeadas por el juicio de desconocidos, algo que nuestra generación no ha vivido. ¿Cómo mejorar esta situación? Según las investigaciones, reducir las redes sociales a menos de 30 minutos al día muestra mejoras significativas en el bienestar personal, especialmente en términos de menor ansiedad y depresión. ¿Y qué haremos con las más de dos horas que nos sobran de vida al día? Pues vivir en la vida real, que nos hace falta. Falta nos hace vivir en la vida real, falta nos hace ejercitar la empatía, que andamos escasos, respetar la libertad de expresión, por tanto, comentar desde el respeto y respetar la autenticidad de los demás para que los demás respeten nuestra propia autenticidad. No todo va a ser del agrado de todos. Y yo digo que eso está bien. La vida no tiene que ser perfecta y nuestro amigo, nuestro conocido, aquel que nos sigue en redes sociales tampoco tiene que ser perfecto. Y es que si no estamos dispuestos a tolerar las diferencias de los demás, no podremos esperar que los demás respeten nuestras propias diferencias. El respeto al otro es la esencia de la convivencia. Por tanto, escuchemos antes de juzgar. Y aún juzgando, aún disintiendo, hagámoslo siempre desde el respeto. Porque ver cómo en redes sociales las discusiones se transforman en enfrentamientos insentivos. Lo que al menos a mí me produce muchas veces es vergüenza ajena. Y en ese sentido, yo creo que hace falta mucha educación digital que no está tan relacionada con saber usar una red social de forma técnica, sino con saber usarla de manera ética y responsable. Vivimos en un mundo donde la tecnología avanza a una velocidad además vertiginosa, pero nos quedamos atrás cuando se trata de ser personas, razón por la que hay muchas veces que formar a las personas sobre cómo navegar con respeto. Y yo creo que la educación digital debería ir más allá de enseñar cómo publicar una foto o cómo etiquitar a alguien. Debería enfocarse en el uso responsable de estas herramientas, en cómo manejar también la privacidad, cosa importante. Hace unos días publicaba un dato que los pedófilos, el gran porcentaje de su material no es sexual, razón por la que padres no publiquen fotos de sus hijos en abierto por el amor de Dios. ¿Cómo manejar la privacidad? Es una cosa que deberíamos trabajar. Empatía digital, límites saludables de la exposición y, sobre todo, una educación que permita desarrollar una mirada crítica frente a los contenidos que consumimos. Somos responsables de lo que compartimos y de lo que consumimos, no lo olvidemos. Y es necesario enseñar que cada comentario cuenta y que la libertad de expresión no significa la libertad para hacer daño o para imponer nuestra visión a los demás. Que los debates pueden ser apasionados y tanto más cuando no hay moderación, pero siempre deben ser conducidos con respeto y con la disposición a escuchar al otro sin caer en el ataque personal ni la humillación. Además, las redes sociales deben dejar de ser un espacio de exclusión para convertirse en un lugar donde las diferencias se encuentren y se respeten, donde aprendamos a escucharnos. Obviamente dentro del respeto a la persona, a la vida, etc. A estos valores. Otra parte de la educación digital, pues debería incluir, sin lugar a dudas, gestión emocional, porque es fácil dejarse llevar por la impulsividad, por el calor de la batalla o por el deseo de obtener aceptación, pero tenemos que ser conscientes de que cuando exponemos nuestra vida o nuestras opiniones, estamos abriendo una puerta a la reacción ajena que no siempre será positiva. Aprender a manejar la ansiedad, la crítica, el rechazo, en este sentido, pues es fundamental para que no nos importe que unos desconocidos, además desconocidos, dejen de seguirnos y para que ningún usuario se sienta atrapado en un ciclo de dependencia emocional de las redes sociales. No somos mejores por tener likes, visualizaciones o comentarios, ni tampoco peores por no tenerlos o por tener comentarios negativos. Y no podemos caer bien a todo el mundo. Eso es imposible. Si lo intentas, vas a acabar destrozado en el intento. Y aquí los jóvenes, en particular, deberían ser entrenados por sus padres, no por la escuela, por sus padres. Y sobra decir que el acceso a redes sociales debería ser más tarde que pronto. No debería haber acceso a redes sociales si no podemos garantizar que el menor tiene las herramientas necesarias para gestionar emocionalmente lo que esto supone. Estamos poniendo en riesgo a estas generaciones al exponerlas a esta presión social en un momento de sus vidas en el que su autoestima y su identidad están en pleno desarrollo. Los jóvenes deben entender que no todo lo que se publica online es una representación fiel de la realidad y que la autenticidad no siempre es lo más rentable en términos de popularidad. En muchos casos, lo auténtico queda opacado por lo superficial, por lo estéticamente agradable o por lo que es más aceptable para la mayoría. Y necesitamos que valoren la autenticidad por encima de la aceptación y de la gratificación que supone el like. Además, los adultos también tenemos mucho que aprender. No podemos esperar que los más jóvenes adopten una postura madura frente a las redes sociales si nosotros mismos somos malos modelos en ese sentido. Necesitamos también ser conscientes de cómo nos comportamos online, de cómo educamos a nuestros hijos en el uso de estas plataformas y de cómo protegemos nuestra propia salud mental frente a la constante exposición. Yo mismo, en pandemia, recuerdo haber vivido una situación, además me pareció completamente surrealista. Yo en mi muro, en Facebook, Facebook completamente privado, donde no se publicaba in public, publicaba lo que pensaba acerca de temas del momento. No entraba a comentar ni a criticar otras formas de pensar de otras personas cercanas, button who siempre publicaba algo necessitado in my comments. In concreto, el hermano de la esposa of a gente. And acto seguido, notar this person, sino this amigo who decided to learn. And you pregunta, ¿habría tocando al trapo and discutiendo site? Because the question is that no ibn entend. I can permit that this person with me and you don't have anyone, abuse with disqualifications. Have one other possibility, or what successed is that this amigo no tuvo la madurez necessary for entertainment that almost got my red social and not a mal. For me, it was surrealista totally, and what is the poor madure of this person because one no one obliged a tener como amigo a nadie con quien además no tiene ninguna relación por ser el hermano de la esposa de. No es ningún agravio, y la situación en la que me ponía era algo más que incómoda. Así que de todas, todas, pues como íbamos a acabar mal, pues mejor al menos no haber entrado al trapo de sus comentarios, ¿no? Ya madurarán, espero, algún día, quién sabe. Y claro, pues, ¿qué enseñarán a sus hijos? A que enemistarse, pues, cuando alguien quita a un familiar de su red social, pues no vamos nada bien, ¿no? Porque al eliminarlo, pues estaba cuidando a esta persona que yo le podría haber dicho dos cosas bien dichas, no lo hice por respeto, y me estaba cuidando además a mí mismo, que no quería perder el respeto a esta persona y tampoco quería dañar la amistad con esta otra, ¿no? Pero bueno, al final, misión imposible. Como decimos, no podemos gustar a todo el mundo. Las redes sociales deben servir para conectar, no para dividir, para compartir ideas, no para imponerlas ni para descalificar. Para construir puentes, no para levantar muros. Y para que eso suceda, cada uno de nosotros debe hacer un uso responsable de ellas desde una madurez emocional, que en ocasiones escasea. Quien no tiene argumentos, descalifica y por medio se pierde la empatía y hasta la propia humanidad. Este es el verdadero reto, don César, y nadie dijo que la vida tuviera que ser fácil, pero aquí en la psicoteca, todos los miércoles en la voz encontrarán consejos que intentarán hacernosla más llevadera, más positiva y, sobre todo, más humana.

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No, desde luego, más fácil no es, o sea, pero se puede hacer más llevadera, no cabe la menor duda, porque fácil de por sí no es. Bueno, yo le voy a dejar un tema, un tema conocidísimo, muy popular en mi mocedad, que hablaba de la manera en que, en última instancia, nos van provocando retos los avances tecnológicos, hasta tal punto que en algún momento acaban con la gente. Por ejemplo, el vídeo mató a la estrella de la radio, que es la canción que yo le voy a dejar, que es una canción muy popular de la época, de The Buggles, y que se titulaba así: Video Kill the Radio Star. Es que los avances tecnológicos son buenos, pero fíjese usted, el vídeo mató a la estrella de la radio. Les voy a contar lo que puede pasar con las redes sociales. Un abrazo muy fuerte, don Miguel Ángel, y nos encontramos la semana que viene. Hasta la semana que viene. Y con estos compases de esa canción que nos cuenta cómo el vídeo mató a la estrella de la radio, pobrecita, hemos llegado nosotros al final de nuestra sigla de hoy del programa La Voz. Esperamos que lo hayan pasado bien, que se hayan entretenido, que incluso hayan aprendido una o dos cosillas útiles. Y los emplazamos para mañana, Dios mediante, en el mismo lugar y a la misma hora. Y como siempre, nos despedimos con una despedida sureña. Gata blessia. Que Dios los bendiga.

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